A
través de la celebración de la Eucaristía, el sacerdote eleva en varias
ocasiones el pan y el vino, antes y después de la consagración. Aunque no soy
ningún especialista en liturgia, me gusta intentar captar el sentido, no sólo
de las palabras, sino de esos pequeños gestos. Para vivirlos. Hoy se me ocurre
compartir mis reflexiones sobre ese gesto - “elevar” - repetido cinco veces. Estoy
convencido que cada una de esas “elevaciones” que el sacerdote realiza durante
la misa tienen un sentido y un matiz propio; no es un simple “mostrar”. Toca al
celebrante expresarlos de la mejor manera posible; y a todos vivirlos. Todas
esas elevaciones tienen, como base, un evidente acto de fe en la entrega que el
Señor nos hace de su cuerpo y sangre para nuestra salvación. Pero en cada caso hay
un plus añadido.
Ofertorio
El
celebrante, en nombre de todos, presenta al Señor el pan y el vino. Una
elevación humilde, expresión de nuestra pobreza. Pues ofrecemos dos cosas muy
corrientes, sin gran valor ‘comercial’, por decirlo así. Y para colmo añadimos
que eso poco, incluso nos ha sido regalado, que lo “hemos recibido de tu generosidad”.
Es cierto que junto con ese pan y vino nos ofrecemos a nosotros mismos, pero
esa misma vida nuestra también nos ha sido regalada. Por lo tanto esto pide un
gesto de elevación humilde, con cariño, pero muy consciente de la pequeñez de
lo que ofrecemos. Sin presumir, sin alardes. ¡No es el caso de levantar patena
y cáliz a las nubes!
Después de la consagración
Esta
elevación se introdujo en la Edad Media por culpa de Berengario de Tours que,
allá por el año 1047, dijo que no había cuerpo y sangre de Cristo en el pan y
vino consagrados. Que eran solamente símbolos. En realidad no tuvo entonces muchos
partidarios, pero organizó mucha polémica. Y se instituyó lo que hoy llamamos
la “elevación” por antonomasia. Por eso esta elevación es fundamentalmente contemplativa.
El sacerdote que eleva lo hace pausadamente, con un momento de silencio,
solicitando la fe amorosa de los fieles. Como diciendo: “Mirad: esto parece pan,
parece vino, pero es de verdad cuerpo y sangre del Señor”. “¡Este es el
sacramento de nuestra fe!”. Se “eleva” para que la asamblea contemple y exprese
su fe en la presencia real.
Al final del canon
Está
al finalizar la plegaria eucarística y era tradicionalmente la única elevación
en ella. El celebrante eleva el Pan y el Vino, el cuerpo y la sangre de Cristo proclamando
-y mejor aún cantando- una doxología espléndida:
“Por
Cristo, con Él y en Él, A ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu
Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.”
Esta
elevación tenía y tiene un sentido de gozo triunfal. Como si al elevar el
sacerdote nos dijera: “Alegraos. Fijaos lo que ofrecimos. Fijaos ahora lo que
recibimos. Aquí está. Cristo Cumple su promesa de estar con nosotros hasta la
consumación de los siglos”. A esta presentación vibrante, propia del sacerdote,
los fieles responden con un ¡Amén! no menos vibrante. Un Padre de la Iglesia, creo
que san Jerónimo, decía que en su tiempo ese ‘Amén’ resonaba como un trueno
en el templo. Aquel poco de pan y vino,
humildemente ofrecido poco antes, ha quedado transfigurado por el poder de
Dios: ya es cuerpo y sangre de Cristo. Hay gozo, triunfo, gracias… en nuestro
entusiasta ¡AMEN!
“Este es el cordero de Dios…”
Dos
pequeñas elevaciones nos ayudan a alimentarnos con fe y amor del cuerpo de
Cristo. Una general y otra personal. El sacerdote toma el pan consagrado y lo sostiene un poco elevado sobre el cáliz. Mientras
lo miramos, nos invita a preparar nuestro corazón en la conciencia de que nuestra
pequeñez necesita curación y ayuda. Y para ello la Iglesia pone en nuestros
labios las palabras del centurión romano que tanto alabó Jesús:
“Señor,
no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para
sanarme”.
“El cuerpo de Cristo”
La
siguiente pequeña elevación es personal. Antes de darme la comunión el
sacerdote eleva ante mí la forma consagrada para que mis ojos la fijen mientras
me dice un admirativo “¡El cuerpo de Cristo!”. ¡Nada menos! Es una elevación
que quiere sacudir mi posible rutina y que me invita a darme cuenta de la maravilla
que recibo. Mi ¡Amén! es como una síntesis de mi fe, de mi amor y de mi
agradecimiento.
Esta
pequeña elevación corre el peligro de ‘desaparecer’. Sobre todo si hay mucha
gente y el sacerdote, sin darse cuenta, va deprisa y se olvida. Pero ¡qué
importante es esa brevísima mirada de fe y amor antes de que la forma
consagrada llegue a mi! Prepara el diálogo íntimo amoroso que, en el silencio
del corazón, entablo con mi Señor. Culmina así nuestra participación en el
sacramento con la fuerza necesaria para hacer efectiva el envío final a evangelizar
en nuestra vida ordinaria. Porque sólo la Eucaristía vivida nos da la fuerza
necesaria para implicarnos en la nueva evangelización a la que se nos convoca.
José
María Salaverri sm (28 de abril de 2012)
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