martes, 1 de mayo de 2012

LAS "ELEVACIONES" DE LA MISA

Unas sencillas reflexiones para comprender mejor algunos aspectos de la misa y así participar de corazón en ella.

A través de la celebración de la Eucaristía, el sacerdote eleva en varias ocasiones el pan y el vino, antes y después de la consagración. Aunque no soy ningún especialista en liturgia, me gusta intentar captar el sentido, no sólo de las palabras, sino de esos pequeños gestos. Para vivirlos. Hoy se me ocurre compartir mis reflexiones sobre ese gesto - “elevar” - repetido cinco veces. Estoy convencido que cada una de esas “elevaciones” que el sacerdote realiza durante la misa tienen un sentido y un matiz propio; no es un simple “mostrar”. Toca al celebrante expresarlos de la mejor manera posible; y a todos vivirlos. Todas esas elevaciones tienen, como base, un evidente acto de fe en la entrega que el Señor nos hace de su cuerpo y sangre para nuestra salvación. Pero en cada caso hay un plus añadido.

Ofertorio
El celebrante, en nombre de todos, presenta al Señor el pan y el vino. Una elevación humilde, expresión de nuestra pobreza. Pues ofrecemos dos cosas muy corrientes, sin gran valor ‘comercial’, por decirlo así. Y para colmo añadimos que eso poco, incluso nos ha sido regalado, que lo “hemos recibido de tu generosidad”. Es cierto que junto con ese pan y vino nos ofrecemos a nosotros mismos, pero esa misma vida nuestra también nos ha sido regalada. Por lo tanto esto pide un gesto de elevación humilde, con cariño, pero muy consciente de la pequeñez de lo que ofrecemos. Sin presumir, sin alardes. ¡No es el caso de levantar patena y cáliz a las nubes!

Después de la consagración
Esta elevación se introdujo en la Edad Media por culpa de Berengario de Tours que, allá por el año 1047, dijo que no había cuerpo y sangre de Cristo en el pan y vino consagrados. Que eran solamente símbolos. En realidad no tuvo entonces muchos partidarios, pero organizó mucha polémica. Y se instituyó lo que hoy llamamos la “elevación” por antonomasia. Por eso esta elevación es fundamentalmente contemplativa. El sacerdote que eleva lo hace pausadamente, con un momento de silencio, solicitando la fe amorosa de los fieles. Como diciendo: “Mirad: esto parece pan, parece vino, pero es de verdad cuerpo y sangre del Señor”. “¡Este es el sacramento de nuestra fe!”. Se “eleva” para que la asamblea contemple y exprese su fe en la presencia real.

Al final del canon
Está al finalizar la plegaria eucarística y era tradicionalmente la única elevación en ella. El celebrante eleva el Pan y el Vino, el cuerpo y la sangre de Cristo proclamando -y mejor aún cantando- una doxología espléndida:
“Por Cristo, con Él y en Él, A ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.”
Esta elevación tenía y tiene un sentido de gozo triunfal. Como si al elevar el sacerdote nos dijera: “Alegraos. Fijaos lo que ofrecimos. Fijaos ahora lo que recibimos. Aquí está. Cristo Cumple su promesa de estar con nosotros hasta la consumación de los siglos”. A esta presentación vibrante, propia del sacerdote, los fieles responden con un ¡Amén! no menos vibrante. Un Padre de la Iglesia, creo que san Jerónimo, decía que en su tiempo ese ‘Amén’ resonaba como un trueno en  el templo. Aquel poco de pan y vino, humildemente ofrecido poco antes, ha quedado transfigurado por el poder de Dios: ya es cuerpo y sangre de Cristo. Hay gozo, triunfo, gracias… en nuestro entusiasta ¡AMEN!

“Este es el cordero de Dios…”
Dos pequeñas elevaciones nos ayudan a alimentarnos con fe y amor del cuerpo de Cristo. Una general y otra personal. El sacerdote toma el pan consagrado y lo sostiene un poco elevado sobre el cáliz. Mientras lo miramos, nos invita a preparar nuestro corazón en la conciencia de que nuestra pequeñez necesita curación y ayuda. Y para ello la Iglesia pone en nuestros labios las palabras del centurión romano que tanto alabó Jesús:
“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

El cuerpo de Cristo
La siguiente pequeña elevación es personal. Antes de darme la comunión el sacerdote eleva ante mí la forma consagrada para que mis ojos la fijen mientras me dice un admirativo “¡El cuerpo de Cristo!”. ¡Nada menos! Es una elevación que quiere sacudir mi posible rutina y que me invita a darme cuenta de la maravilla que recibo. Mi ¡Amén! es como una síntesis de mi fe, de mi amor y de mi agradecimiento.
Esta pequeña elevación corre el peligro de ‘desaparecer’. Sobre todo si hay mucha gente y el sacerdote, sin darse cuenta, va deprisa y se olvida. Pero ¡qué importante es esa brevísima mirada de fe y amor antes de que la forma consagrada llegue a mi! Prepara el diálogo íntimo amoroso que, en el silencio del corazón, entablo con mi Señor. Culmina así nuestra participación en el sacramento con la fuerza necesaria para hacer efectiva el envío final a evangelizar en nuestra vida ordinaria. Porque sólo la Eucaristía vivida nos da la fuerza necesaria para implicarnos en la nueva evangelización a la que se nos convoca.  
                                                                     
José María Salaverri sm (28 de abril de 2012)

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