Me preocupa mi trabajo apostólico. Desde luego creo que lo hago “por Dios”. A Él ofrezco cada mañana lo que voy a hacer. Pero ese trabajo ¿lo hago suficientemente “con Dios”? Es decir, dejándole a Él la primacía y contentándome con ser ‘instrumento’. Me gusta trabajar apostólicamente. Pero ¿no me siento a veces demasiado protagonista? ¿No me busco a mí mismo y me encanta quedar bien?
Sí, desde hace unos años me preocupa este problema. Me da miedo que los obreros de la viña del Señor ‘alquilemos’ a Cristo, a María, nuestro trabajo, nuestro “obrar”. Desde luego procuramos hacerlo lo mejor posible; no faltaba más. Pero tal vez inconscientemente no entregamos bastante nuestro “ser”. Tal vez allí esté la explicación del fallo o del poco rendimiento de tantos proyectos apostólicos, por otra parte muy bien planificados y generosos.
Al Señor no le interesa ante todo nuestro obrar, sino nuestro ser profundo, nuestra persona entregada a Él. Quiere siervos al estilo de María. “He aquí la sierva del Señor”. Ese es el sentido profundo de la respuesta de María: “Te doy todo mi ser; lo demás en tus manos está”. Por eso quien entrega su ser podrá pasar a veces malos ratos en su obrar, tener éxito o fracasar, pero nunca se sentirá desalentado. “¡Tu sabrás, Señor!”. Y sigue adelante, al fin y al cabo siempre contento… “¡Contento, Señor, contento!” era la frase preferida del chileno san Alberto Hurtado (+ 1952). En todas las ocasiones…, las que fueran.
Quien ‘alquila’ al Señor su obrar corre el peligro de hacer ‘arreglos’, ‘convenios’ con el Señor. Vendrán reivindicaciones, aparentemente legítimas: “¡Tanto tiempo contigo y no me has dado un cabrito para cenar con mis amigos!” “¿Sólo un denario a nosotros que hemos soportado el peso del día y del bochorno?” Y viene el desánimo, la decepción… y hasta el “darse de baja”. Y nos sorprenden fallos ‘inexplicables’ de quienes “¡trabajaban tan bien!”. Es que el ‘obrar’ se ve; la entrega del ‘ser’, no. Por eso en la formación de un apóstol no se trata de prepararlo para ‘hacer cosas’, sino para entregar su ser al Señor. El resto vendrá por añadidura.
Para que mis acciones apostólicas sean fecundas debo empeñar mi ser, debo dar el protagonismo al Señor. Contentarme con ser ‘instrumento’ que, por ser del Señor y de María, debo perfeccionar continuamente. En una palabra debemos impregnar nuestros trabajos, personal y colectivamente, de presencia de Cristo, de María. Y esa ‘impregnación’ sólo se consigue rezando. Estando con Él. Con Ella.
No hace mucho Benedicto XVI nos lo recordaba: “El mundo de hoy necesita personas que hablen a Dios para poder hablar de Dios”.
“¡A rezar!” es sencillamente un imperativo para mí y una invitación para mis corresponsales. Nada más, pero nada menos.
José María Salaverri sm, 15 de octubre de 2011
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