sábado, 29 de enero de 2011

CINCO REFLEXIONES SOBRE LA SANTIDAD

Los recientes decretos de la Congregación de los Santos sobre Juan Pablo II y Faustino no son tan sólo un acto administrativo. Nos interpelan:

1. Pasmo
Sí, no os podéis imaginar el pasmo que sentí cuando vi la portada de PARAULA, el semanario diocesano de Valencia. Dos personas, en fotos grandes, se están como mirando: Faustino y Juan Pablo II. Un título: “Juan Pablo II a los altares…”, y debajo, siguiendo los puntos suspensivos, aunque en letra más pequeña pero bien visible: “y Faustino más cerca ya”. Me vino un escrúpulo: ¿no será esto excesivo? ¿No hay una distancia sideral entre ambos? En cierto sentido, sí. Por lo menos con criterios periodísticos y hasta humanos.
Le he dado vueltas a la ocurrencia. En la Iglesia, que es jerárquica, pero que es comunión, ambos están a un nivel semejante. Les une y hasta les iguala la ‘vocación’. A cada uno de ellos el Señor le pidió ocupar un puesto en el cuerpo místico, en el pueblo de Dios. Y ambos respondieron con generosidad. Hicieron lo que el Señor les pedía. Los dos igualados por practicar lo que técnicamente se llama en los procesos de canonización, “virtudes heroicas”. Cada uno en su puesto vivió su vida cristiana de modo sobresaliente. Cada uno según su edad, su estilo, en sus circunstancias…
           
2. ¿Son imitables?
Otra reflexión me ha venido estos días. Los ‘santos’ que la Iglesia propone a nuestra veneración ¿son imitables? ¿Es imitable Juan Pablo II?  Yo me contesto que no. ¿Es imitable Faustino? A primera vista parece más imitable, pero mirándolo de cerca me digo que no. Por la misma razón que hemos dicho antes: cada cual es cada cual y debe ser santo a su estilo.
Entonces ¿cuál es el papel de los “santos”? He puesto la palabra entre comillas para abarcar los santos ‘oficiales’ y los santos anónimos del 1 de noviembre que hemos podido conocer de algún modo -en carne y hueso o por lectura- en nuestra vida. Estoy convencido que los santos no quieren segundas ediciones. No habrá nunca otro Faustino 2. Ni un Juan Pablo II bis. Entonces ¿para qué están ahí?
Hacen algo muy importante: despiertan el santo dormido que todos llevamos dentro desde nuestro nacimiento y más desde nuestro bautismo. Haced la prueba: poned la palabra santo o santa delante de vuestro nombre y a ver qué os parece. Os parecerá raro, pero toca intentarlo… Aunque nadie se entere, la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, sale robustecida.

3. El ‘santo dormido en mí
Esto me lleva a otra reflexión. Si a Faustino le hubieran dicho en vida que le iban a nombrar “venerable” ¡lo que se hubiera reído! En su diario dice que quiere ser santo. Pero nunca se le ocurrió la posibilidad de ser “santo de altar”. Y si lo es un día (lleva camino), no lo va a ser para gloria suya, sino para que se vea que el Señor, fielmente seguido, puede hacer maravillas en nuestra pequeñez. Es decir que lo será para gloria de Dios y para animarnos a nosotros. Para que, como san Ignacio de Loyola al leer las vidas de san Francisco y santo Domingo, nos preguntemos: “Lo que estos y estas hicieron ¿porque no hacerlo yo?” Y a Ignacio se le despertó el santo dormido, completamente diferente de sus inspiradores.

4. No vamos solos
Hay una frase en “Libro de su vida” de santa Teresa que siempre me llamó la atención. Dice: “Si el que comienza se esfuerza con el favor de Dios a llegar a la cumbre de la perfección, creo jamás va solo al cielo, siempre lleva mucha gente tras sí. Como a buen capitán, le da Dios quien vaya en su compañía.” Faustino y Juan Pablo II no han ido solos al cielo. Han sido y son buenos capitanes; han llevado y llevarán mucha gente tras sí: aquellos en quien despertaron el santo dormido. El uno con más, el otro con menos, pero nunca solos. También a nosotros podemos, y nos toca, hacer de ‘capitanes’.

5.- Los anónimos
En el cielo hay santos y santas anónimos que han sido mucho más santos que muchos de los canonizados. Son los del 1 de noviembre. Han llevado siempre gente tras sí. Pobres y hasta ricos, padres y madres de familia, consagrados y consagradas, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, mártires de todos los tiempos… Ninguno ha ido solo. Todos han llevado otros tras sí. Una multitud inmensa. ¡Alegrémonos! Hay más santos de lo que parece. Demos gracias a Dios. Y que cada uno de nosotros piense: “Hay personas que necesitan mi santidad. Por eso, yo ¡a ser santo del 1 de noviembre!”. Pero para eso, con la gracia de Dios, nos toca ayudarnos unos a otros. No lo olvidemos.


José María Salaverri sm (29 enero 2011)

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